30.05.2020 |
Juanjo Conejo
09:53
24/04/20

El confinamiento

El confinamiento

El escritor llevaba cuarenta días confinado por causa de un virus mortal. No estaba preocupado, su casa era muy grande y tenía suficientes alimentos en la despensa como para resistir un año entero. Vivía en la sierra, no había vecinos a su alrededor. Allí no llegaba Internet ni la televisión. Decidió dedicar su tiempo a escribir una novela.

A medida que pasaban los días su casa se le hacía cada vez más pequeña. Comenzó a sentir una sensación de ahogo. Su casa estaba encogiendo y no entendía la razón. Su jardín desapareció. Las puertas y ventanas desaparecieron. Vivía encarcelado en un habitáculo de tres metros de ancho, tres metros de largo y tres metros de altura. Aún le quedaba espacio para la mesa, la silla y la vieja máquina de escribir. El techo y las paredes se movían a medida que iban pasando los días. Ahora estaba atrapado en una prisión de dos metros cúbicos. La mesa, la silla y la máquina de escribir desaparecieron. Ya no disponía del pasatiempo de escribir la novela. Se tuvo que enfrentar cara a cara con sus fantasmas, pues ahora las paredes se habían convertido en espejos que reflejaban las oscuridades de su alma. Hacía ya muchos días que los alimentos de los que disponía desaparecieron al ser engullidos por el espacio. Estaba esquelético. Le atormentaba el pensamiento de que también él sería absorbido en la desaparición de los elementos. El tiempo mordía los átomos y se comía poco a poco la materia. Se preguntaba si el mundo exterior también había desaparecido víctima del devorador de lo tangible. Las paredes ya estaban aplastando su cuerpo huesudo. Le costaba respirar, no podía gritar. Pasaron unas horas. Se le detuvo el corazón, dejó de respirar. Las paredes acabaron colisionando unas con otras convirtiendo en polvo sus huesos. Las paredes desaparecieron, también el polvo de sus huesos. No quedaba materia en el universo. Todo fue engullido en la nada.

Solo un artefacto viajaba alrededor de esa nada a la velocidad de la luz: era la vieja máquina de escribir. La hoja de papel se desprendió del artefacto y como un meteorito atravesó un agujero negro hacia otro universo. Finalmente, la vieja máquina de escribir también fue devorada por el virus de la tierra, había sido contagiada por las manos del escritor. Al otro lado del agujero negro la hoja de papel cayó en una civilización desconocida. Otros mundos tendrían conocimiento de cómo desapareció el planeta azul.

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